SOBRE LOS AUTORITARISMOS Y LOS FALSOS CAMINOS A LA INCLUSION (O PORQUE NO VOTARE POR HUMALA)
La democracia fue abandonada poco a poco por quienes no supimos defenderla. Una democracia que no se ejerce con cotidiana terquedad pierde la lealtad de sus ciudadanos y cae sin lágrimas. En el vacío moral del que medran las dictaduras las buenas razones se pierden y los conceptos se invierten, privando al ciudadano de toda orientación ética: la emergencia excepcional se vuelve normalidad permanente; el abuso masivo se convierte en exceso; la inocencia acarrea la cárcel; la muerte, finalmente, se confunde con la paz.
(Salomón Lerner Febres, Prefacio del Informe Final de la CVR)
Entre los mayores crímenes y perversiones que trajo Alberto Fujimori en sus años de gobierno, se encuentra la inversión de los conceptos sobre las instituciones, tanto políticas como económicas.
Se confundió política social con mero reparto de comida, reforma laboral con quitarles derechos a los trabajadores, dar facilidades a la inversión con dejar que los empresarios hagan lo que se les venga en gana, privatizar con vender sin establecer condición alguna de calidad de producto o de servicio.
Súmenle a eso el hecho que la pobreza y la desigualdad han permanecido iguales durante estos años y ahora podrán entender buena parte del voto por Ollanta Humala.
Lo que hizo Fujimori no fue aplicar recetas de mercado, fue una perversión de la economía social de mercado planteada por los alemanes durante su reconstrucción luego de la Segunda Guerra Mundial. Fujimori no entendió que la economía necesita de un Estado fuerte, que pueda negociar en buenos términos frente al capital y que regule, mediante instituciones sólidas, las fallas que el mercado – como toda creación humana – pueda tener. Si a ello se suma su autoritarismo y la corrupción mayúscula que supuso su gobierno, entenderemos porque la década de los noventa – a pesar de la estabilización económica – supuso una década perdida para el país en casi todos los términos
Hoy Ollanta Humala nos plantea cambios a la supuesta matriz “neoliberal”, pero con la misma importa autoritaria de los llamados “neoliberales” fujimoristas.
Como toda persona que desconoce que la separación de poderes y funciones es consustancial a la democracia y a cualquier Estado que pretenda funcionar de manera adecuada, Humala nos vende la idea de que él y sólo él podrá encabezar una “gran transformación”, que con su mera voluntad se bajarán los combustibles al 30%, que por su mera imposición cambiará las reglas de juego, tanto las de la Constitución como los de los contratos de concesión, que por ser él quien lo decrete “nacionalizará” actividades económicas, sin precisarnos aún que es lo que ese vocablo, que tanto nos evoca a Juan Velasco Alvarado, significa.
Su impronta militar y su formación familiar hacen que Ollanta sea poco proclive a consensos y entendimientos, lo que es pernicioso para cualquier sistema democrático, en la que la voz de las minorías debe respetarse y en la que los acuerdos políticos – ojo, no las componendas – deben primar en los temas importantes.
A ello se suma la fragilidad del grupo político que tiene Humala detrás. No olvidemos que la UPP, casi extinta hace 7 meses, fue el vientre de alquiler utilizado por el comandante para sus sueños presidenciales y que, posteriormente, fueron embarcándose todo tipo de personas: desde gente que cree sinceramente en un proyecto radical, como Raúl Morey, oportunistas que han estado con todos los gobiernos como Salomón Lerner Ghitis, montesinistas y personajes de poca monta moral como Carlos Torres Caro y personas que hasta hoy no entendemos que hacen allí, como Edmundo Murrugarra o Carlos Tapia. Un grupo tan variopinto, que nos recuerda tanto a Perú Posible, no nos hace esperar algo bueno, tanto de su bancada parlamentaria, como de la solidez de su propuesta, hecha con retazos de aquí y de allá.
Además, está el hecho no aclarado, la denuncia no esclarecida y la incongruencia mayor de Humala: Madre Mía. Hay indicios sólidos que permiten señalar que el tema debe ser materia de aclaración ante el Poder Judicial, no solo por los testimonios recogidos por la prensa – en especial, por Edmundo Cruz de “La República” o por la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos, sino por el hecho documentado por la Comisión de la Verdad y Reconciliación de que la zona del Alto Huallaga, entre 1989 y 1993, años en que Humala estuvo en la zona, fue un lugar donde se practicaron violaciones sistemáticas y generalizadas contra los derechos humanos y el río Huallaga se convirtió en la más grande fosa común del territorio peruano. Además de ello, el comandante habla de las reparaciones planteadas por la CVR, como si fueran un mero canje de la justicia y de la verdad, es decir, plantea pagar dinero a cambio que no sea procesado y que se oculte lo que muy probablemente cometió.
No puedo votar por Humala, en suma, porque veo en él, nuevamente, la perversión de la política y la economía, aplicando una receta económica ya fracasada y con una vocación por la impunidad.
Y a ello se suma un hecho que, los lectores habituales de este blog, habrán podido notar en mis columnas: mi rechazo a la violencia y a la exclusión del otro. No puedo rechazar a quien hace dinero solo porque lo tiene, no puedo castigar el éxito de quien se rompe los lomos trabajando. Es cierto, hay gente como en algunas playas del sur de Lima, que se excluyen en ghettos privados de lujo para no ver lo que pasa o que manda a bañarse a las empleadas solo en uniforme y a la puesta de sol. Pero no todas las personas que tienen dinero son discriminadores, como no todos los pobres son emprendedores. De todo hay en la Viña del Señor y con todos tenemos que convivir. El “amor por el Perú” no se basa en enfrentarnos a unos contra los otros, se basa en que todos y todas podamos construir un proyecto común.
Violencia no es solo pegar, matar, torturar. También es herir con una palabra o con un gesto. Y mucho de ello hemos visto en el candidato y en su entorno. Luego de la terrible experiencia que supuso Sendero Luminoso, no quisiera que mi país se vea de nuevo sumido en un conflicto interno o en un proyecto donde la violencia sea el elemento predominante.
Finalmente, está presente el elemento más tradicional de la política peruana: el militarismo. Durante la mayor parte de nuestra historia nos han gobernado militares o gobiernos autoritarios sustentados por cúpulas militares. La presencia de Humala, un militar, además, cuestionado por su poca proclividad a la defensa de los derechos humanos y la democracia, impediría que se complete una reforma militar que ponga en su justo lugar a las Fuerzas Armadas, sin que vuelvan a contaminarse con violaciones a los derechos humanos o una alta dosis de corrupción.
Por todo ello, no votaré por Ollanta Humala.


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