RESACA DE UNA ASONADA DE AÑO NUEVO
Un enfoque distinto sobre lo ocurrido en Andahuaylas
Nota Editorial: Desde esta pequeña tribuna rechazamos enérgicamente el intento de Antauro Humala y su grupo autodenominado “etnocacerista” de violentar el orden constitucional y democrático mediante un acto de violencia como el protagonizado hasta hace unas horas. Lamentamos todas las muertes producidas en este evento que enluta al país en el inicio del nuevo año. Demandamos que el Ministerio Público y el Poder Judicial precisen las responsabilidades penales de los involucrados en este acto. Asimismo, consideramos que los partidos políticos deben ejercer con mayor eficiencia su labor en pueblos como Andahuaylas, para evitar que ideas que fomentan el odio y la violencia crezcan en una población descontenta y desesperanzada. Finalmente, los Ministros del Interior y de Defensa deberán dar una explicación al país sobre sus responsabilidades políticas en este caso.
Violencia. Nuevamente presente aquella palabra cuya sola mención hace recordar tiempos que no queremos que vuelvan. Tiempos donde nos querían imponer las ideas por la fuerza y no mediante la razón, en que se intenta tomar la exclusión como único remedio a los males del país. Ese fantasma volvió el año nuevo del 2005.
El fantasma retornó bajo la forma de un grupo que hasta hacía pocos meses se debatía entre convertirse en un partido político y competir en el sistema que tanto juraban denostar o emprender la lucha armada. Desgraciadamente, para ellos y para el país, se optó por el camino de las armas, el ruido de las balas, la muerte como emblema.
Pero ya la violencia estaba presente en otra forma: en el discurso racista y beligerante de los Humala.
EL ETNOCACERISMO: LA IDEOLOGIA DE LA EXCLUSION PARA COMBATIR SUPUESTAMENTE A LA EXCLUSION
Los Humala saltaron a la palestra cuando, a finales de octubre de 2000 y en plena agonía del régimen autocrático de Fujimori, se levantaron contra el régimen en Moquegua. Testimonios más recientes señalan que muchos de los reservistas – ciudadanos que hicieron el servicio militar y que conservan costumbres y uniformes militares – fueron llevados a esta aventura con engaños. No falta quienes especulan que los Humala fueron una creación de Vladimiro Montesinos para encubrir su fuga o para montar una de las “cortinas de humo” tan frecuentes en la década de 1990. Sea como fuere, fue en ese momento que se escucho por primera vez de manera masiva el término “etnocacerismo”.
El “etnocacerismo” o “Movimiento Nacionalista Peruano” fue fundado por Isaac Humala, según propia confesión, “luego de años de lecturas y estudios”. Lo que Humala y sus hijos, Ollanta y, sobre todo, Antauro, proclaman a voz en cuello, es una rara mezcla de ideas que juntan a Andrés Avelino Cáceres, el Inca Garcilaso de la Vega, José María Arguedas y Juan Velasco Alvarado. En el fondo – y tal como lo dice el veterano Isaac Humala: no hay nada nuevo bajo el sol – se repiten viejos mitos y taras que un sector de peruanos señala como culpables del subdesarrollo nacional: “los blancos dominan”, “España nos robó con la Conquista”, “Chile nos invade y nos quiere convertir en colonia”. Como “gran solución” se propone una solución militarista en lo político, socialista en lo económico, racista y xenófoba. En suma, una solución lindante con el fascismo.
Veamos algunas de las ideas que el “etnocacerismo” propugna, así como las críticas que se les hacen a ellas:
Habrían impuesto un totalitarismo político, bajo una conducción cuasi mesiánica (como en Sendero Luminoso), donde cualquier forma de oposición no sería aceptada. Habrían nuevamente dado poder político y la conducción del Estado a las Fuerzas Armadas, generando una nueva forma de militarismo, cuestión repetitiva en nuestra historia y que tan malos resultados nos ha traído.
Habrían acabado con la libertad de expresión, pues al estilo de Juan Velasco Alvarado expropiarían los medios de comunicación en nombre de los “grupos de la verdadera sociedad civil”. Al igual que en el gobierno de Velasco, este pretexto sería la cubierta para evitar cualquier disidencia.
Habrían buscado una economía autárquica, cuestión imposible de sostener incluso en el corto plazo. Para ello cerrarían las “importaciones que compitan con la producción nativa” (y que, claro, ellos desde el Estado definirían), nacionalizarían las empresas privatizadas y cualquier inversión extranjera (en especial la inversión chilena), buscarían la autonomía alimentaria. Expulsarían, además a todos los inversionistas extranjeros. Ello da la espalda a todos los procesos de integración que se vienen dando en este momento.
Habrían hecho una guerra a Chile. Frente a Ecuador, habrían mantenido una actitud beligerante si la Confederación Nacional Indígena no gobierna dicho país. En suma, más gasto de armas en detrimento de sectores como educación y salud que necesitan mayores recursos.
Habrían elevado la siembra de la hoja de coca, en lugar de dar alternativas a los campesinos cocaleros para que muchos de ellos no sigan colaborando directa o indirectamente con el narcotráfico.
Se buscaría la exclusión de aquellos que no son cobrizos. Los judíos no serían considerados como peruanos (David Waisman, a pesar de haber nacido en suelo peruano, no es considerado como compatriota por los Humala). Antauro Humala tiene a sus hijos estudiando en el Colegio Franco Peruano, uno de los más exclusivos de Lima, y según la versión de su ex pareja Nora Bruce, se precia de comer en los restaurantes más exclusivos de la ciudad capital del Perú.
Si Túpac Amaru fue el personaje preferido de Velasco, Andrés Avelino Cáceres tendría su salón particular en Palacio de Gobierno. Curioso personaje escogido como modelo. El historiador Jorge Basadre dijo de Cáceres: “su mayor tragedia fue no haber muerto en Huamachuco” (la última batalla de la guerra del Pacífico). Cáceres fue un mal Presidente: traicionó a los montoneros y líderes locales que le ayudaron durante los 2 años de la resistencia de la Breña; restableció el tributo indígena; firmó el contrato Grace, uno de los más entreguistas de la historia peruana (prácticamente vendió todos los ferrocarriles peruanos a los británicos, a cambio de la administración de la deuda externa peruana); se hizo reelegir en elecciones fraudulentas y tuvo que ser sacado del poder en 1895 mediante una insurrección popular y en los últimos años de su vida apoyó al dictador Augusto B. Leguía.
Difícilmente habrían cumplido con las conclusiones y recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Varios medios de comunicación han recogido la versión, no desmentida, de que Antauro Humala fue destacado entre 1985 y 1987 en Huánuco, cometiendo abusos contra las comunidades indígenas, incluso asesinatos. Curiosamente en esos años la CVR registró un aumento de las víctimas en dicha región del país. Humala, en esas épocas, se hacía llamar “Corpus Christi”.
¿POR QUÉ SURGEN ESTOS GRUPOS Y POR QUE CUENTAN CON CIERTO APOYO? ¿QUÉ HACER PARA QUE ESTOS SUCESOS NO SE REPITAN?
En estos momentos se vive en el Perú un ambiente de crispación casi generalizada. El Presidente solo es aprobado por el 9% de la población, básicamente por los escándalos de corrupción de su entorno y por la frivolidad con la que ha encarado la tarea de gobernar. El desprestigio del Congreso se ha incrementado, por la conducta delictiva de algunos de sus integrantes y por la omisión en procesarlos por parte de sus pares. Sobre el resto de instituciones, empezando por el Poder Judicial, recae la imagen de ineficientes, corruptas y lejanas de la población.
Aun así, creemos que esta situación no explica por sí sola la aparición de este tipo de fenómenos autoritarios.
En el Perú, la cultura democrática es incipiente. Hemos vividos más años bajo gobiernos dictatoriales y autoritarios. Y casi todos los gobiernos, sean autoritarios o democráticos, han practicado una malsana costumbre: una relación patrimonialista y clientelista con la población. Se acostumbra a la gente a obtener ciertas prerrogativas o beneficios a cambio de votos o apoyo popular. El Ejecutivo y el Congreso compiten por ver “quien da más”. Por tanto, muy pocas personas saben exactamente cuales son las funciones de las instituciones democráticas y se les reclama más de lo que constitucionalmente y realistamente pueden hacer. Ello se debe a una educación - tanto pública y privada, pero con mayor énfasis en la primera – que no forma ciudadanos, así como a la poca capacidad de los partidos políticos para poder canalizar, de otra manera que no sea la patrimonalista, las demandas y preocupaciones de la población. Es por ello que la gente espera con ansias las promesas electorales para decidir su voto y no elige un proyecto de nación, o que, como en este caso, espera a un “iluminado” que resuelva sus problemas. Urge, por tanto, que los pobladores se conviertan en ciudadanos, hagan pleno ejercicio de sus derechos y no queden como espectadores pasivos. Pero ello no se hace por los caminos violentos, ni buscando sacar al Presidente quien, por más errores que pueda haber cometido, fue elegido mediante los mecanismos que el sistema establece.
Se suma a este factor una situación de exclusión presente en la sociedad peruana. El Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación reveló que dicha situación, si bien no fue la causa directa del conflicto armado interno que el país vivió durante 20 años, fue el telón de fondo de la violencia vivida. Sendero Luminoso llegó a captar como militantes a jóvenes provincianos con estudios universitarios, quienes vivían el drama de no querer ser campesinos como sus padres pero que eran rechazados por el sector social más moderno y urbano. En el caso de los Humala, se capta a reservistas y licenciados de las Fuerzas Armadas, sin trabajo, sin posibilidades de ascenso social, con un nivel de instrucción bastante bajo. En ambos casos, se busca aprovechar el descontento social, la situación de miseria y la exclusión para colocar en el poder a un proyecto político totalitario y con tendencias muy claras a vulnerar los derechos humanos de la población.
El Informe Final de la CVR no se quedaba solo en la cruda descripción de los hechos y responsabilidades políticas, éticas y penales. También proponía una serie de políticas institucionales que reformaran nuestras instituciones para consolidar nuestra democracia y evitar que 20 años de vergüenza y escándalo se repitan. Sin embargo, poco se ha hecho en dicha tarea. Los medios de comunicación, el empresariado y la clase política han mirado de perfil el drama expuesto en 9 tomos, al igual que las soluciones planteadas. E instancias como el Acuerdo Nacional y las Mesas de Concertación de Lucha contra la Pobreza son desaprovechadas para llegar a políticas de Estado concretas que comiencen a consolidar la democracia y por fin ponernos en el camino de una transición democrática que, hasta hoy, solo hemos cumplido a medias.
Este año y buena parte del próximo estarán marcados por el proceso electoral a celebrarse en abril de 2006. Debe ser una oportunidad para que los partidos políticos tomen en cuenta el contexto, entiendan que la representación de la población no debe basarse en el “dame que te doy”, que deben hacer pedagogía y no la demagogia de siempre, que debe explicarse a la población que los cambios no se dan de la noche a la mañana pero que en democracia y sin violencia ni autoritarismo están las mayores oportunidades para todos. Debe ser oportunidad para reclamar que dicho sueño de una nación libre, democrática y sin exclusiones que muchos teníamos el año 2000, cuando fugó el autócrata corrupto, comience a cumplirse.
Las naciones no tienen que “esperar a estar listas” para vivir en democracia. Van construyéndola día. No la sigamos destruyendo y evitemos que otros lo hagan.
Culminamos con unas palabras de Javier Ciurlizza, que resumen lo que hemos venido diciendo:
“América Latina conoce ya varios periodos de acomodo de los principios en nombre del “pragmatismo”, lo “social” o las limitaciones obvias de regímenes formalizados. Detrás de este proceso está la insatisfacción de millones de latinoamericanos que no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas y se preguntan qué de bueno tiene una democracia si no da de comer, de vestir o si no cuida la salud de los más necesitados. Lo más fácil es echarle la culpa a la democracia y buscar, dentro de una tradición política antigua, salvadores y Mesías. Lo difícil es superar el péndulo histórico y construir una institucionalidad que asegure que lo que alcancemos y logremos sea duradero”.
Nota Editorial: Desde esta pequeña tribuna rechazamos enérgicamente el intento de Antauro Humala y su grupo autodenominado “etnocacerista” de violentar el orden constitucional y democrático mediante un acto de violencia como el protagonizado hasta hace unas horas. Lamentamos todas las muertes producidas en este evento que enluta al país en el inicio del nuevo año. Demandamos que el Ministerio Público y el Poder Judicial precisen las responsabilidades penales de los involucrados en este acto. Asimismo, consideramos que los partidos políticos deben ejercer con mayor eficiencia su labor en pueblos como Andahuaylas, para evitar que ideas que fomentan el odio y la violencia crezcan en una población descontenta y desesperanzada. Finalmente, los Ministros del Interior y de Defensa deberán dar una explicación al país sobre sus responsabilidades políticas en este caso.
Violencia. Nuevamente presente aquella palabra cuya sola mención hace recordar tiempos que no queremos que vuelvan. Tiempos donde nos querían imponer las ideas por la fuerza y no mediante la razón, en que se intenta tomar la exclusión como único remedio a los males del país. Ese fantasma volvió el año nuevo del 2005.
El fantasma retornó bajo la forma de un grupo que hasta hacía pocos meses se debatía entre convertirse en un partido político y competir en el sistema que tanto juraban denostar o emprender la lucha armada. Desgraciadamente, para ellos y para el país, se optó por el camino de las armas, el ruido de las balas, la muerte como emblema.
Pero ya la violencia estaba presente en otra forma: en el discurso racista y beligerante de los Humala.
EL ETNOCACERISMO: LA IDEOLOGIA DE LA EXCLUSION PARA COMBATIR SUPUESTAMENTE A LA EXCLUSION
Los Humala saltaron a la palestra cuando, a finales de octubre de 2000 y en plena agonía del régimen autocrático de Fujimori, se levantaron contra el régimen en Moquegua. Testimonios más recientes señalan que muchos de los reservistas – ciudadanos que hicieron el servicio militar y que conservan costumbres y uniformes militares – fueron llevados a esta aventura con engaños. No falta quienes especulan que los Humala fueron una creación de Vladimiro Montesinos para encubrir su fuga o para montar una de las “cortinas de humo” tan frecuentes en la década de 1990. Sea como fuere, fue en ese momento que se escucho por primera vez de manera masiva el término “etnocacerismo”.
El “etnocacerismo” o “Movimiento Nacionalista Peruano” fue fundado por Isaac Humala, según propia confesión, “luego de años de lecturas y estudios”. Lo que Humala y sus hijos, Ollanta y, sobre todo, Antauro, proclaman a voz en cuello, es una rara mezcla de ideas que juntan a Andrés Avelino Cáceres, el Inca Garcilaso de la Vega, José María Arguedas y Juan Velasco Alvarado. En el fondo – y tal como lo dice el veterano Isaac Humala: no hay nada nuevo bajo el sol – se repiten viejos mitos y taras que un sector de peruanos señala como culpables del subdesarrollo nacional: “los blancos dominan”, “España nos robó con la Conquista”, “Chile nos invade y nos quiere convertir en colonia”. Como “gran solución” se propone una solución militarista en lo político, socialista en lo económico, racista y xenófoba. En suma, una solución lindante con el fascismo.
Veamos algunas de las ideas que el “etnocacerismo” propugna, así como las críticas que se les hacen a ellas:
Habrían impuesto un totalitarismo político, bajo una conducción cuasi mesiánica (como en Sendero Luminoso), donde cualquier forma de oposición no sería aceptada. Habrían nuevamente dado poder político y la conducción del Estado a las Fuerzas Armadas, generando una nueva forma de militarismo, cuestión repetitiva en nuestra historia y que tan malos resultados nos ha traído.
Habrían acabado con la libertad de expresión, pues al estilo de Juan Velasco Alvarado expropiarían los medios de comunicación en nombre de los “grupos de la verdadera sociedad civil”. Al igual que en el gobierno de Velasco, este pretexto sería la cubierta para evitar cualquier disidencia.
Habrían buscado una economía autárquica, cuestión imposible de sostener incluso en el corto plazo. Para ello cerrarían las “importaciones que compitan con la producción nativa” (y que, claro, ellos desde el Estado definirían), nacionalizarían las empresas privatizadas y cualquier inversión extranjera (en especial la inversión chilena), buscarían la autonomía alimentaria. Expulsarían, además a todos los inversionistas extranjeros. Ello da la espalda a todos los procesos de integración que se vienen dando en este momento.
Habrían hecho una guerra a Chile. Frente a Ecuador, habrían mantenido una actitud beligerante si la Confederación Nacional Indígena no gobierna dicho país. En suma, más gasto de armas en detrimento de sectores como educación y salud que necesitan mayores recursos.
Habrían elevado la siembra de la hoja de coca, en lugar de dar alternativas a los campesinos cocaleros para que muchos de ellos no sigan colaborando directa o indirectamente con el narcotráfico.
Se buscaría la exclusión de aquellos que no son cobrizos. Los judíos no serían considerados como peruanos (David Waisman, a pesar de haber nacido en suelo peruano, no es considerado como compatriota por los Humala). Antauro Humala tiene a sus hijos estudiando en el Colegio Franco Peruano, uno de los más exclusivos de Lima, y según la versión de su ex pareja Nora Bruce, se precia de comer en los restaurantes más exclusivos de la ciudad capital del Perú.
Si Túpac Amaru fue el personaje preferido de Velasco, Andrés Avelino Cáceres tendría su salón particular en Palacio de Gobierno. Curioso personaje escogido como modelo. El historiador Jorge Basadre dijo de Cáceres: “su mayor tragedia fue no haber muerto en Huamachuco” (la última batalla de la guerra del Pacífico). Cáceres fue un mal Presidente: traicionó a los montoneros y líderes locales que le ayudaron durante los 2 años de la resistencia de la Breña; restableció el tributo indígena; firmó el contrato Grace, uno de los más entreguistas de la historia peruana (prácticamente vendió todos los ferrocarriles peruanos a los británicos, a cambio de la administración de la deuda externa peruana); se hizo reelegir en elecciones fraudulentas y tuvo que ser sacado del poder en 1895 mediante una insurrección popular y en los últimos años de su vida apoyó al dictador Augusto B. Leguía.
Difícilmente habrían cumplido con las conclusiones y recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Varios medios de comunicación han recogido la versión, no desmentida, de que Antauro Humala fue destacado entre 1985 y 1987 en Huánuco, cometiendo abusos contra las comunidades indígenas, incluso asesinatos. Curiosamente en esos años la CVR registró un aumento de las víctimas en dicha región del país. Humala, en esas épocas, se hacía llamar “Corpus Christi”.
¿POR QUÉ SURGEN ESTOS GRUPOS Y POR QUE CUENTAN CON CIERTO APOYO? ¿QUÉ HACER PARA QUE ESTOS SUCESOS NO SE REPITAN?
En estos momentos se vive en el Perú un ambiente de crispación casi generalizada. El Presidente solo es aprobado por el 9% de la población, básicamente por los escándalos de corrupción de su entorno y por la frivolidad con la que ha encarado la tarea de gobernar. El desprestigio del Congreso se ha incrementado, por la conducta delictiva de algunos de sus integrantes y por la omisión en procesarlos por parte de sus pares. Sobre el resto de instituciones, empezando por el Poder Judicial, recae la imagen de ineficientes, corruptas y lejanas de la población.
Aun así, creemos que esta situación no explica por sí sola la aparición de este tipo de fenómenos autoritarios.
En el Perú, la cultura democrática es incipiente. Hemos vividos más años bajo gobiernos dictatoriales y autoritarios. Y casi todos los gobiernos, sean autoritarios o democráticos, han practicado una malsana costumbre: una relación patrimonialista y clientelista con la población. Se acostumbra a la gente a obtener ciertas prerrogativas o beneficios a cambio de votos o apoyo popular. El Ejecutivo y el Congreso compiten por ver “quien da más”. Por tanto, muy pocas personas saben exactamente cuales son las funciones de las instituciones democráticas y se les reclama más de lo que constitucionalmente y realistamente pueden hacer. Ello se debe a una educación - tanto pública y privada, pero con mayor énfasis en la primera – que no forma ciudadanos, así como a la poca capacidad de los partidos políticos para poder canalizar, de otra manera que no sea la patrimonalista, las demandas y preocupaciones de la población. Es por ello que la gente espera con ansias las promesas electorales para decidir su voto y no elige un proyecto de nación, o que, como en este caso, espera a un “iluminado” que resuelva sus problemas. Urge, por tanto, que los pobladores se conviertan en ciudadanos, hagan pleno ejercicio de sus derechos y no queden como espectadores pasivos. Pero ello no se hace por los caminos violentos, ni buscando sacar al Presidente quien, por más errores que pueda haber cometido, fue elegido mediante los mecanismos que el sistema establece.
Se suma a este factor una situación de exclusión presente en la sociedad peruana. El Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación reveló que dicha situación, si bien no fue la causa directa del conflicto armado interno que el país vivió durante 20 años, fue el telón de fondo de la violencia vivida. Sendero Luminoso llegó a captar como militantes a jóvenes provincianos con estudios universitarios, quienes vivían el drama de no querer ser campesinos como sus padres pero que eran rechazados por el sector social más moderno y urbano. En el caso de los Humala, se capta a reservistas y licenciados de las Fuerzas Armadas, sin trabajo, sin posibilidades de ascenso social, con un nivel de instrucción bastante bajo. En ambos casos, se busca aprovechar el descontento social, la situación de miseria y la exclusión para colocar en el poder a un proyecto político totalitario y con tendencias muy claras a vulnerar los derechos humanos de la población.
El Informe Final de la CVR no se quedaba solo en la cruda descripción de los hechos y responsabilidades políticas, éticas y penales. También proponía una serie de políticas institucionales que reformaran nuestras instituciones para consolidar nuestra democracia y evitar que 20 años de vergüenza y escándalo se repitan. Sin embargo, poco se ha hecho en dicha tarea. Los medios de comunicación, el empresariado y la clase política han mirado de perfil el drama expuesto en 9 tomos, al igual que las soluciones planteadas. E instancias como el Acuerdo Nacional y las Mesas de Concertación de Lucha contra la Pobreza son desaprovechadas para llegar a políticas de Estado concretas que comiencen a consolidar la democracia y por fin ponernos en el camino de una transición democrática que, hasta hoy, solo hemos cumplido a medias.
Este año y buena parte del próximo estarán marcados por el proceso electoral a celebrarse en abril de 2006. Debe ser una oportunidad para que los partidos políticos tomen en cuenta el contexto, entiendan que la representación de la población no debe basarse en el “dame que te doy”, que deben hacer pedagogía y no la demagogia de siempre, que debe explicarse a la población que los cambios no se dan de la noche a la mañana pero que en democracia y sin violencia ni autoritarismo están las mayores oportunidades para todos. Debe ser oportunidad para reclamar que dicho sueño de una nación libre, democrática y sin exclusiones que muchos teníamos el año 2000, cuando fugó el autócrata corrupto, comience a cumplirse.
Las naciones no tienen que “esperar a estar listas” para vivir en democracia. Van construyéndola día. No la sigamos destruyendo y evitemos que otros lo hagan.
Culminamos con unas palabras de Javier Ciurlizza, que resumen lo que hemos venido diciendo:
“América Latina conoce ya varios periodos de acomodo de los principios en nombre del “pragmatismo”, lo “social” o las limitaciones obvias de regímenes formalizados. Detrás de este proceso está la insatisfacción de millones de latinoamericanos que no alcanzan a satisfacer sus necesidades básicas y se preguntan qué de bueno tiene una democracia si no da de comer, de vestir o si no cuida la salud de los más necesitados. Lo más fácil es echarle la culpa a la democracia y buscar, dentro de una tradición política antigua, salvadores y Mesías. Lo difícil es superar el péndulo histórico y construir una institucionalidad que asegure que lo que alcancemos y logremos sea duradero”.


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